AYUDAR A QUIEN LO NECESITE

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AYUDAR A QUIEN LO NECESITE

En mi opinión, todas las personas nos hemos sentido perdidas o atravesando una desgracia, y hemos necesitado de apoyo en algún momento de nuestra vida.

O por lo menos, en algún aspecto de nuestra vida.

Quizás hemos tenido la fortuna de contar con alguien que nos haya dado un consejo, un ánimo, una luz o una esperanza, y con eso nos ha ayudado a salir y seguir adelante.

Es bueno que, en otro momento distinto, en el que nos encontremos un poco asentados, estemos atentos por si aparece en nuestra vida alguien que nos esté pidiendo –aunque sea sin palabras- un poco de apoyo, ánimo, o confianza.

Me gusta creer en algo como eso que denominan “cadena de favores”.

Hoy por ti y mañana por mí.

Y, para ello, no es necesario ser sabio ni experto en dar consejos, ya que en muchas ocasiones los otros no piden un consejo (y darlo puede ser una osadía que perjudique más que beneficie), y lo que piden es que se les escuche –para que, a su vez, ellos mismos se escuchen y pongan orden en sus ideas-, o sólo pretenden vaciar lo que les atormenta por dentro, que alguien les coja la mano, los acoja en un abrazo, o simplemente sentir que les prestan atención.

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La prudencia, y la sabiduría interior, son buenas consejeras para saber cómo actuar en estos casos.

Opino, en estos casos, que “menos es más”.

Que es mejor dar menos –sin quedarse corto- que sobrecargar.

Que es mejor alumbrar que deslumbrar.

Pocas palabras concisas mejor que largas peroratas.

También es mejor una leve sonrisa –que habla de esperanza- que una cara compartida de tristeza.

Y un abrazo es mejor que una regañina.

Es conveniente ser comprensivo y empático más que crítico y castigador.

Conviene estar atento a lo que el otro necesita, dejándose guiar por el corazón, poniéndose en su lugar para que la empatía ayude en la comunicación. Aunque no debemos olvidar en esos momentos que el otro es el otro. Yo soy yo y tú eres tú.

Y es lo mejor que se puede hacer: saber quedarse fuera de su problema para poder enfrentarlo con ecuanimidad.

Si uno se está ahogando en el mar lo que necesita del otro es que mantenga la calma y con sangre fría busque una solución y le socorra, y no que se tire al agua para ponerse a su lado para pedir ayuda entre los dos.

El otro actúa como puede, o como mejor cree. Evidentemente, nosotros en su lugar y circunstancias estaríamos actuando del mismo modo.

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Lo que el otro necesita no son amonestaciones, precisamente, sino acogimiento integral, paz, una mano amiga, o un apoyo en el que descansar para reponerse o para reencontrar el camino.

Por nuestra parte, apoyar al otro, sí. Siempre que no exista mala voluntad en el otro o interés en hacer mal.

Sólo tenemos que pensar en nosotros, en cómo nos sentiríamos en su misma situación, y actuar del modo que nos parezca adecuado. O actuar del modo en que nos gustaría que actuaran con nosotros si nos encontráramos en su caso.

Apoyar, ayudar, animar, alentar… hermosas palabras.

¡Cuántas veces hemos necesitado algo de eso y no aparecía…!

Por eso, cada vez que surja la posibilidad de hacerlo por otro, no lo eludamos y cumplamos esa excelente sugerencia de amar al prójimo.

Ayudar es una forma divina de amar.

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Te dejo con tus reflexiones…

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